Quarta-feira, Fevereiro 24, 2010

La nueva rueda del emperador


By pseudópodo

Había una vez un pequeño reino sin nada en especial. La gente llevaba una vida sencilla y sin pretensiones; los hijos heredaban las tierras de sus padres, y sólo el rey, que se había educado en el extranjero, había oido hablar del excelso ideal de progreso que por entonces ya se extendía por Europa.

Cierto día cruzaron la frontera dos extraños individuos. Hablaban con acento francés, decían ser ingenieurs, y llevaban un enorme carro tapado por lonas, que atraía la curiosidad de los paisanos. Informado el rey, los llamó inmediatamente a palacio.

Allí comenzó a hablar el más alto, que decía llamarse Diderond:

- Majestad, nous sommes ingenieurs de la École des ponts et chaussées, et…
- ¡La Ecole! ¡La vanguardia de las artes aplicadas! -interrumpió el rey.
- ¡Mais oui! La ilustration au service du citoyen, majestad.
- ¿Y qué os trae a este rincón del mundo, ilustrados amigos?
- Hasta París ont arrivé las nouvelles de votre amour por le progrés, majestad, et nous avons portez pour vous la nouveté plus noveteuse et plus progresive de tout París –contestó Diderond.
- Le dernier cri, mais oui! –apostilló Du Carré, el ingeniero bajito, mientras se subía de un salto al carro- Et voila!

Con ese grito, levantó la lona y apareció el engendro más absurdo que hubiera visto nunca el rey: ¡un triciclo con las ruedas cuadradas!

- Pero esto… esto… es imposible –dijo el rey, con cara de desilusión.
- Mais non, majestad. Attendez un moment et vous comprenderá.

Diderond pronunció un largo discurso explicando cómo el prejuicio popular de que las ruedas debían ser necesariamente redondas había sido superado por la luz de la ciencia. El rey perdió pronto el hilo, pero captó que algo tenían que ver en esto el cálculo y los infinitésimos, la catenaria y la cicloide. El resumen era que la vieja geometría de regla y compás era “definitivement demodé” y que las mentes más avanzadas del siglo (“Monge et Cauchy, Laplace et Legendre”, decía con ritmo binario y fuerte acento nasal el ingeniero) sólo hablaban de curvas diferenciables y de las infinitas posibilidades que ofrecían al progreso.

Entretanto, Du Carré había desplegado una extraña tarima ondulada sobre el suelo y había acomodado sobre ella el triciclo (“nous l’appelons tricarré”, señaló de paso). A una seña de su compañero, empezó a pedalear y ¡oh maravilla! avanzó con absoluta suavidad.

El rey se quedó mudo de asombro. Al cabo de un largo rato, acertó a decir:
- ¡Virgen santa!¡Con razón se llaman ustedes ingeniosos!
- Ingenieurs, majestad
- Eso digo. Pero ¿y si el suelo no tiene esa forma?
- Majestad, el suelo tiene la forma que vous le donez. Las ruedas circulaires necessitant un suelo plan, mais le suelo natural n’est pas plan: vous le applanait por faire les chemins.
- ¿Entonces, en vez de aplanar los caminos habría que darles esa rara forma de candelaria invertida?
- Catenaria, no candelaria. Pour lo demás, exactement, majestad.
- ¿Y no será eso más caro que aplanarlos?
- Oui, majestad, mais a cambio, faire las ruedas cuadradas c’est plus facile que les faire circulaires. «L’une chose pour l’autre», comme nous l’expressons.
- O sea, «las gallinas que entran por las que salen», que decimos aquí. Pero si da lo mismo, casi dejo los caminos como están, y…
- ¡¡Mais non!! -exclamó airado el ingeniero-. ¡¡Vous eté un monarque pro-gre-sis-te!!

Perplejo por la ira de su visitante, el rey no se atrevió a interrumpirle, y escuchó una larga perorata sobre la querella de los antiguos y los modernos, y cómo inevitablemente había que ponerse del lado de estos últimos. Afirmó además, descendiendo a la praxis, que las ruedas cuadradas tenían importantes ventajas, pues los vehículos eran más estables (nadie se cae de una bicicleta con las ruedas cuadradas), y la seguridad es lo primero en estos temas. Pero sobre todo, le censuró, no había captado la auténtica dimensión de la innovación. Lo crucial no eran las ruedas cuadradas: lo decisivo era la libertad y la igualdad de derechos.

-¿Cómo?
-¡¡Mais oui!! ¡¡Liberté, egalité, fraternité!! –replicó con un agudo grito de nuevo.

En efecto, la gran innovación científica era que para cada rueda podía hacerse una carretera a medida. Todas las ruedas son igual de buenas, son simplemente modelos alternativos igualmente válidos, y esto no es discutible: lo ha demostrado la ciencia. El problema estaba en las carreteras, que seguían un modelo único y rígido. Los ciudadanos cuyos vehículos tenían ruedas elípticas o pentagonales eran marginados por el sistema, pero la culpa no estaba en ellos, como sostenían los prejuicios oscurantistas de la tradición. La más elemental justicia exigía una “diversificación itineraria”, explicó Diderond, que permitiría que cada uno pudiera ejercer su derecho a desplazarse igual de bien que cualquier otro, fuese cual fuese su rueda: un enorme avance en liberté y en egalité.

- Pero hacer una carretera para cada tipo de rueda será muy caro.
- Oui, mais les citoyens pagarán en nomme de la fraternité.

No sabemos cómo siguió la conversación, pues al anochecer los cortesanos se fueron retirando, mientras el rey aún conversaba animadamente con Diderond y Du Carré. Pero sin duda le convencieron de la profundidad filosófica y la grandeza humanitaria de sus planes, pues desde la mañana siguiente se dispuso a implementarlos (esta palabra acababa de aprenderla de Diderond). Empezó por enviar a un pregonero a anunciar el nuevo derecho de los súbditos del reino a usar en sus vehículos el tipo de rueda que les viniera en gana, y la obligación del estado a proveer la carretera apropiada.

Ahorraremos al lector los detalles de lo que siguió: las protestas de los viejos arrieros contra las nuevas ruedas; los problemas que surgieron para conseguir que los tricarrés tomaran una curva, y cómo hubo que inventar ingenios específicos para ello; las subvenciones a la fabricación de ruedas alternativas, las protestas de los propietarios de vehículos con ruedas no incluidas en el catálogo de ruedas homologadas (pues finalmente se reconoció como imposible hacer un camino a medida de cada rueda); las protestas por las subidas de impuestos…

Fue una labor larga y compleja, pero los grandes hitos del progreso nunca son fáciles. Tras varios años de esfuerzo, la diversificación itineraria estaba completa, y de paso se había creado una flamante Escuela de Ingenieros de Caminos y Catenarias Inversas, los peones camineros era ahora Peones Catenarios Diplomados y recibían cursos periódicos de actualización, había un Cuerpo de Inspectores de Caminos Diversos, y el presupuesto del Ministerio de Obras Públicas se había multiplicado por veinte. Cada año, un comité de ingenieros se reunía para estudiar por qué los transportes funcionaban cada vez peor, y cada año recomendaba más inversiones. En resumen: el sistema de carreteras del pequeño reino sin nada en especial estaba en la vanguardia de Europa.

Fue una lástima que, justo cuando se había alcanzado tal grado de progreso, el ejército de Napoleón cruzara las fronteras con sus flamantes cañones, y borrara del mapa para siempre al pequeño reino.

Y todos sus cañones, todos, tenían ruedas perfectamente redondas…

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